martes, 3 de diciembre de 2013

Microcuento Sabinero


- ¿Qué adelantas sabiendo mi nombre? Cada noche tengo uno distinto, y siguiendo la voz del instinto me lanzo a buscar...
- Imagino, preciosa, tu nombre. ¿Algo más?
- Un amante discreto, que se atreva a perderme el respeto, ¿no quieres probar?
- Vivo justo detrás de la esquina, no recuerdo si tengo marido, si me quitas con arte el vestido, te invito a champagne... 
Le solté al barman mil de propina, apuré la cerveza de un sorbo, acertó quien "El Templo del Morbo" le puso a este bar. Al llegar al bar nos buscamos, como dos estudiantes en celo, un piso antes del séptimo cielo, se abrió el ascensor. Nos sirvió para el último gramo, el cristal de su foto de bodas, no faltó ni el desfile de moda de ropa interior.
- En mi casa no hay nada prohibido, pero no vayas a enamorarte, con el alba tendrás que marcharte para no volver. Olvidando que me has conocido, que una vez estuviste en mi cama, hay caprichos de amor que una dama no debe tener. 
- Es mejor - le pedí - que te calles, no me gusta invertir en quimeras, me han traído hasta aquí tus caderas, no tu corazón.
Y después, para qué mas detalles, ya sabéis, copas, risas, excesos. ¿Cómo van a caber tantos besos en una canción? 
Volví al bar, a la noche siguiente, a brindar con su silla vacía, me tomé una cerveza bien fría y entonces no sé... si soñé o era suya la ardiente voz que me iba diciendo al oído: "me moría de ganas, querido, de verte otra vez". 


Peor para el sol, que se mete a las siete en la cuna del mar a roncar, mientras un servidor, le levanta la falda a la luna... 

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